Pero volveremos. Seguro.
Los tranvías de Kumamoto son heredados.
En la calle, al aire libre. Hay rincones reservados para que la gente fume allí y tire las colillas a un cenicero.
En el suelo, ni una colilla. Ni un papel.
"Es como una lotería. Hay algunos fugu que son venenosos, otros no" me dice el chef de Fugumatsu en Beppu, mientras preparamos la sopa con la piel y los huesos del pez. ¿Y cómo se puede saber cuál es venenoso?
"Nosotros lo sabemos", me contesta.
La carne del fugu es translúcida, gomosa y bastante insípida. Pero ¡ah! el hígado, la piel, las agallas, las huevas. Todo se come, y las partes menos nobles son las más sabrosas (y las que pueden tener mayor concentración de veneno si no se prepara bien). Con lo que queda después del festín se hace una sopa a la que se añade verdura, tofu y finalmente, arroz. La sopa de dios.
Cada año hay algún caso de intoxicación por fugu. Suelen ser japoneses, que lo han pescado y cocinado ellos mismos, los muy inconscientes.
Beppu es una ciudad de vacaciones diseñada por y para japoneses. Entre el mar y la montaña, con playa, pero también con baños termales. Toda la montaña humea con los vapores sulfurosos de los infiernos, pequeñas pozas de agua hirviente que se pueden visitar.
En esta especie de Benidorm del mar interior se mezclan los baños termales públicos, donde te pueden enterrar en arena, las discotecas, los restaurantes de marisco y los enormes locales de Pachinko. Aquí sí es fácil sentirse marciano. En el baño eramos los únicos occidentales.
Dos semanas y pico sin preguntar. Todo lo que te ponen delante, te lo comes. Todo lo que te llama la atención en un quiosco de la estación, lo compras para el camino. La comida aquí es fascinante y deliciosa. No hay que hacer preguntas, hay que disfrutarla.
Entonces te compras una especie de tortitas dulces, primorosamente empaquetadas y acompañadas con un sobrecito de polvos negros. Sésamo triturado, piensas, o cáscara de habas de soja molida. Así que espolvoreas la tortita con los polvos, pero no saben a nada. Entonces ves que en el sobre, debajo de una parrafada en japonés pone "Do not eat". Entoces Eva te hace una foto.
Te acabas de tomar una tortita aderezada con absorbente de oxígeno.
En realidad no flota. La isla era sagrada, y la plebe no podía pisarla. Así que para que pudieran entrar en el templo, construyeron el propio templo, y el pórtico de entrada, en la playa. Con la marea alta, todo parece que flota sobre el agua.
La isla de Miyajima está llena de turistas, pero todavía tienes cierta sensación de vivir en un episodio de Lost.