Hemos cenado como dioses, y no tenemos fotos, porque los grandes placeres son privados. Solo unas cifras: siete platos, tres camareros revoloteando alrededor de nuestra mesa, tres cocineros saludando desde la cocina abierta, muchos yenes.

De vuelta, paseo hasta el hotel, y en la primera esquina nos perdemos. Akabanebashi es una avenida inteminable, donde se encuentra una de las universidades. En la acera, cientos de bicicletas aparcadas. No están atadas al parapeto. Todo lo más, un ridículo candado que bloquea la rueda trasera. Algunas, ni eso. En cualquier otra ciudad del mundo, por la mañana no quedaba ni el timbre.

Un kilómetro más tarde sospechamos que el hotel no está por aquí. Son las 0:30, ni un alma en la calle, y nosotros parados dando vueltas, literalmente, al mapa. La chica que nos pregunta por la espalda va sola, no tiene ni veinte años y casi no habla inglés. Aún así se ofrece a mirar el mapa, que no entiende, para ayudarnos. Nos dice en japonés que nos quedemos donde estamos y sale corriendo disparada en la dirección contraria a la que venía. Pasan cinco minutos. Estamos a punto de irnos, y entonces aparece con esto en la mano.

Hacemos un par de reverencias boquiabiertos mientras se aleja sonriente, a toda velocidad, porque seguramente la hemos retrasado con nuestros problemas. Nosotros, dos extranjeros desconocidos.
Leo que cuando los japoneses visitan los países occidentales les parecen hostiles e inseguros. No me extraña nada.